Cuando nos convertimos en papás, solo escuchamos cosas positivas como: “Tener hijos es fantástico”, “Te va a encantar escuchar sus primeras palabras”, “Ser papá y mamá es lo mejor del mundo”, “La maternidad es divina”, “La paternidad te va a sentar de maravilla”, etc.; pero nadie nos dice los momentos difíciles que debemos afrontar.
Cuando ya estamos vivenciando cada instante de cuidar, criar y educar a un pequeñito, es donde aparecen los miedos que nunca te mencionaron y, muchas veces por temor a preguntar, caemos en la depresión o la frustración; somos una bomba que detona con el más mínimo movimiento, lo cual no debería ser así, deberías tener un apoyo para preguntar y desahogarte cada vez que lo necesites.
Hay que ser honestos, ser mamá o papá no trae manual, no tienes una universidad o colegio para prepararte para ello, ni mucho menos práctica, ¿y sabes por qué? Porque cada niño es tan distinto que es un aprendizaje continuo; lo que le pasa a tu amiga con su hija de 3 meses, no es lo mismo que te pasa a ti con tu bebé. Si bien, hay experiencias similares, pero no siempre será el mismo camino. Por ejemplo, un día le regalaste un ‘slime’ a tu pequeño y le encantó, jugó con él por toda la casa, se reía solo con su juguete, lo amasaba y exploraba de punta a punta; pero también le obsequiaste ese mismo ‘slime’ a su hermanito y lloró, no le gustó, estuvo indispuesto y se lo tuviste que quitar. Esto evidencia que son dos aprendizajes diferentes y que ocurren de manera cotidiana.
Es en este tipo de situaciones donde el estrés, la ansiedad, la frustración y un montón de emociones salen a la luz sin control alguno y desembocan en nuestros hijos, pareja o incluso en alguna amistad que no tiene nada que ver ni sabe qué está sucediendo en ese preciso momento.
Debemos entender que las diferencias no son malas, al contrario, son muy beneficiosas, pues nos llevan a mejorar cada vez que aparecen y nos ayudan a hacernos cargo de nuestras emociones.
Aprender a controlar lo que sientes no es convertirte en un robot o en solo positivismo, controlar tus emociones te ayuda en todos los aspectos de tu vida y, por ello, es importante prestarles atención. Cuando no nos hacemos cargo, culpamos a otros de nuestras acciones y entramos en negación de que nosotros estamos bien y lo que pasó fue por culpa de otras personas o por situaciones, o incluso aquí añades factores económicos y políticos, cosas que realmente no tienen nada que ver con el estado en el que estás.
Hacerte responsable y consciente de tus acciones, es el primer paso para controlar los impulsos y mejorar el estrés y la frustración, pero, de seguro te preguntarás ¿y cómo me hago responsable? Debes aprender a conocerte, la cosa más tediosa de hacer cuando somos adultos, ponemos peros y postergamos esos espacios de autoconexión e interiorización, pues no nos sentimos a gusto.
Antes de decir esto no es para mí, yo no puedo, tengo una carga de estrés muy alta, no puedo con una cosa más, piensa un poco, respira con calma y pregúntate ¿qué esperas de ti?, ¿qué esperas de tus hijos?, ¿qué ejemplo les has dado?, ¿qué te hace enfadar? Seguramente me dirás que sean buenos chicos, pagarles la universidad, siempre me ven trabajando y detesto que no laven los platos y tengan la habitación desordenada. Pero, ¿tan mecánica te has puesto que no interiorizas ni disfrutas pequeños momentos?
Cuando la frustración es nuestra vitamina diaria, nos convertimos en seres mecánicos, predecibles y aburridos, solo nos quejamos, pero no hacemos nada para cambiarlo. Por esto, quiero darte algunos consejos para que mejores ese manejo de emociones y, sobre todo, te saques un tiempito para ti. Eso no está mal ni es egoísmo, es amor propio que luego se verá reflejado en tu familia.
– Reconoce aquello que te frustra: es importante reconocer tus verdaderos detonantes, no los que dices de dientes para afuera, tú solito en calma sabes cuáles son. Identifica cada tropiezo o desilusión y transfórmala en aprendizaje más que en un amargo momento.
– Confía en ti: como te he dicho antes, cuando el miedo aparece, la ansiedad, el estrés y la frustración vienen con él. Confía en ti como persona y, si no sabes algo, no tengas miedo en pedir ayuda. Te cuento algo que veo de manera frecuente: las manualidades son el terror más grande de muchos padres y cuando les toca hacerlas, estallan en gritos, alegatos y mal humor, pero ¿realmente es necesario hacer ese show? Analiza qué es lo que está viendo tu hijo, porque si no sabes o no puedes, no te debes enojar, puedes buscar una solución.
Si no sabes hacer algo dilo con toda confianza, “No sé, ¿me explicas de nuevo?”, “No puedo, ¿quién me puede ayudar?” y sin que te invada el agobio, permítete respirar y bajar ese muro de autosuficiencia, confía en ti, en que puedes mejorar y permite que alguien te pueda apoyar.
– No tomes las pataletas o frustraciones del entorno como algo personal: ¿cuántos hijos hacen un berrinche porque no quieren ir a la cama? Pero créeme que realmente no es para pelear contigo, es porque no tiene sueño o tal vez le da miedo la oscuridad y prefiere estar contigo. Antes de prepararte para responder y pensar que las cosas son contra ti, piensa conscientemente y con perspectiva por qué pasan las cosas.
– Dedícate tiempo y no, no te sientas culpable ni tampoco lo utilices como excusa para evadir alguna situación externa: dedícate tiempo de calidad, 10 minutos disfrutando tu café o bebida favorita, sin ver tu teléfono, solo contigo y tu antojo. Esos minutos son una recarga muy grande, ya que liberas tensión y te centras en ti, en conocerte y reconocerte. Tú eres la única persona que sabe tu vida, lo bueno, lo malo, tus caídas y tus logros, así que ese tiempo corto que dediques a hacer algo que te gusta, como comer algo rico o leer, ¡disfrútalo al máximo! Verás cómo tu estado de ánimo cambia y tus emociones se regulan un montón.
Los resultados serán una comunicación más asertiva con tu pareja y un mejor vínculo con tus hijos, donde la empatía y la confianza serán los ingredientes principales.